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Murales comunitarios, al grito de ¡Tierra e Identidad!

foto2Por Julián Torres

La pintura mural en sus diversas técnicas tanto clásicas como actuales, se ha caracterizado por su carácter social, es decir, es un producto visual que por lo general se piensa y se realiza para ser apreciado en forma masiva. Pero, al decir: “Pintura Mural” o “Mural”, ¿cuál es la imagen que llega a nuestra mente?

Probablemente recordemos el periódico mural de la primaria, o el grafiti que acaban de hacer un@schav@s en la casa de al lado. Si pusimos atención en las clases de Historia de México, vendrá a nuestra memoria un tal Siqueiros, o el aún más famoso Diego Rivera y sus murales en el Defectuoso, que son algunos ejemplos de gran peso, entre otros muchos no menos importantes, de lo que fue el Muralismo en la época posrevolucionaria de nuestro México.

Hasta aquí, podríamos pensar que los murales son hechos por gente que está estudiada en eso del Arte, que tiene un “don divino” o simplemente recordamos a “es@s ocios@s” a los que les gusta vandalizar las calles con sus “rayones”, y pintamos nuestra raya ante ese otr@, mezcla de hippie-chol@-grafiter@-artista-sicodélic@-revoltos@-nini (lo sé, ya pasaron de moda).

Sin embargo, que pasaría si tú, o aquél o aquella de por allá... una persona común y corriente, pudiera plasmar en un muro algo o mucho de su identidad como ser humano, la vida en su comunidad, sus tristezas, sus alegrías, lo que es motivo de festejo y lo que no, es decir, la riqueza cultural (que no está guardada solo en los museos y galerías), de esa que es mejor conocida como Cultura Popular1. Además de dejar plasmado todo esto, que ya de por sí es de suma importancia, no necesitas ser un@ expert@ en Artes Visuales (o las “Hartas Plastas”), solo hace falta tu experiencia de vida, tu historia.

Surge aquí una pregunta: y ¿Para qué sirve un mural, dos o muchos murales de tipo comunitario?

Partiremos de una necesidad práctica, de promover esto que podríamos llamar estética, desarrollada desde la población, con su sentir muy propio y muy otro, como dicen por ahí. No pocas veces nos preguntamos cómo hacerle para que el arte y la cultura sean realmente valorizadas en todo el sentido de la palabra; muchas otras afirmamos que a la “gente” en general, no le interesa eso de la cultura. Sin embargo, hay mucha tela de donde cortar, solamente es voltear para abajo, o más bien ir hacia abajo y observar con mucha atención.1

La Guadalupana pintada por l@s Chol@s, los altares en las casas, los adornos y preparativos para las fiestas religiosas, símbolos de la ritualidad que permean los usos y costumbres de una gran parte de la población en México, que más allá del hecho religioso, confluye en lo que desde las ciencias sociales es llamado identidad popular. Las propias festividades religiosas –considerando cada parte y todo el proceso– dan muestra de una riqueza cultural con vida propia, que se nutre de sí misma, de la historia de su territorialidad, de sus contradicciones y del entorno.

En el caso de la historia particular de una comunidad, que se puede remontar a muchos años atrás o más recientemente, impregna a esa expresión comunitaria la firma que tiene cada asentamiento humano, y que influye en ciertos aspectos característicos del grupo de personas que vive y se desarrolla en él. No es lo mismo la historia de “El Huertón Loco”, o colonia Insurgentes, a la que se vivió en la colonia Progreso, a pesar de que ambas nacieron a partir de una invasión de predios por los llamados “paracaidistas”.

La cotidianidad del vivir en un barrio, en una colonia o un fraccionamiento también es un ejemplo de esa cultura que se vive y se construye día a día con la gente de abajo. La rutina de las jornadas laborales, la conformación de las familias, los espacios de convivencia de jóvenes, niñ@s, adult@s y adult@s mayores, donde se desarrolla y se regenera, o se destruye, el tejido que une a una comunidad.

Es la animosidad inherente al ser humano de plasmar algo de sí –pensando en individual o en colectivo–, lo que nos lleva a reflexionar acerca del uso de los espacios públicos, que se enmarcan en el ascetismo post-industrial de las ciudades de ensueño, dígase la idealizada imagen de las grandes metrópolis del mundo, al menos de las zonas nice o bonitas, donde no alcanza a llegar el horror visual y las náuseas que provocan a algun@s los barrios donde habita el populo.

Esto nos orilla a plantearnos dos preguntas, bueno muchas, pero nos centraremos tan sólo en dos: ¿Para qué hacer murales comunitarios? Para demostrar que la gente de a pie tiene mucho por decir y qué contar, jóvenes, niñ@s, adultos, adultos mayores; gente común y corriente que con su cotidianidad construye una historia que no figura en los Anales. También para reflexionar acerca de cómo podríamos mejorar la convivencia con l@s otr@s, pero no pensando en una convivencia “bonita”, sin problemas y sólo perfección, sino una que contemple todo el espectro de su realidad social.

¿Se podrían pintar todas las fachadas? O al menos una gran parte de las fachadas de casas, negocios, parques, en pocas palabras, en espacios de relevancia social que hagan de la producción de murales comunitarios una tarea de convivencia solidaria, de rescate de valores identitarios (pasados y futuros, lo que fue y nuestros anhelos), para dejar una huella que impregne el esfuerzo colectivo por medio de la práctica constante, en más y más sectores de la sociedad.

Sabemos que esto no es la solución, la cura mágica contra los males que aquejan nuestro mundo, nuestra tierra de “las Venas Abiertas”, pero si una herramienta de comunicación social, una iniciativa al diálogo entre los miembros de una comunidad –suerte de introspección comunitaria-, una pequeña llave, que sirva como experiencia organizativa para otros proyectos que surjan desde y para una comunidad específica.

Además, como otra forma de acercamiento para la investigación social, al menos para los que apuntan dentro de la investigación participativa. Para los trabajadores y productores artísticos y culturales, salir de la comodidad institucional de las galerías, teatros, museos, escuelas o cubículos, para vincularse en procesos culturales y sociales dentro de las comunidades. Ya andando por ahí, también para aprender una que otra cosa, que no se enseña en la Academia.

Y podemos decir también, que desarrollar proyectos comunitarios, significa hacer y crecer en comunidad, conocer el entorno, tomar conciencia de l@s otr@s y de nosotr@smism@s. Revalorizar los lazos solidarios, y promover activamente la Equidad.

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1“En gran medida la cultura popular es cultura de clase, es la cultura de las clases subalternas; es con frecuencia la raíz en la que se inspira el nacionalismo cultural, es la expresión de los grupos étnicos minoritarios (...) La cultura popular incluye aspectos tan diversos como las lenguas minoritarias en sociedades nacionales en que la lengua oficial es otra; como las artesanías de uso doméstico y decorativo; como el folclor en su acepción más rigurosa y más amplia; así como formas de organización social paralelas a las instituciones sociales formales que caracterizan a una sociedad civil y política dada, y el cúmulo de conocimientos empíricos no considerados como ‘científicos’, etc.”.(Stavenhagen, 1982: 26).

Referencias:

 http://discursovisual.net/dvweb18/aportes/apohijar.htm

 

Acha, Juan, Introducción a la Teoría de los Diseños, México, Trillas, 4ª edición, 2009 

Rodríguez, Antonio. El Hombre en Llamas; historia de la pintura mural en México. Alemania. Thames& Hudson. 1970.

 

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